Cómo superar el miedo al fracaso

Ser perfeccionista se considera poco menos que un ideal de personalidad.

Si alguien os pregunta en una entrevista de trabajo por vuestras tres mejores virtudes, probablemente, después de un clásico “puntual” u “organizado” venga un trillado “perfeccionista” o alguno de sus sucedáneos.

Sin embargo, si eres perfeccionista, puede que estés harto de experimentar la cara oscura del perfeccionismo: la ansiedad, la angustia, el miedo a la equivocación… En definitiva: el drama del fracaso.

Hacer del fracaso éxito

Su nombre es Simone, es sueca y es experta en hacer cosas inútiles. Sus vídeos se han hecho virales en Internet. Ha ido al hormiguero, ha dado charlas TED y, sobre todo, ha construido miles de artilugios inservibles.

Los inventos de Simone, sin embargo, no son completamente inútiles, sólo que no sirven para lo que la mayoría pensamos que sirven. Estos grandes fracasos sirven a otro fin; luchar contra uno de los impulsores más catastróficos: el sé perfecto.

Impulsores

Necesito hacer un pequeño inciso para explicar qué son los impulsores. Forman parte del Análisis Transaccional y fueron descritos por Taibi Kahler. Son creencias inconscientes, que están fuertemente arraigadas desde nuestra niñez y que condicionan nuestra forma de comportarnos, pensar y relacionarnos. Brevemente:

Complace: “Si no complazco a los demás no me van a querer”. Si alguna vez has sentido que antepones las necesidades de los demás a las tuyas, intentas no resultar molesto, te importa más lo que piensen de ti que lo que tú mismo piensas, necesitas recibir aprobación de antemano o te cuesta expresar lo que quieres o piensas estás complaciendo demasiado.

Sé perfecto: “Si no lo hago perfecto a la primera no me van a querer”. Si sientes que no tienes permiso para equivocarte, miedo al fracaso, tienes que revisar una y otra vez tu trabajo, te sientes ansioso cuando estás siendo evaluado, a veces eres intransigente e intolerante con los fallos de los demás o te cuesta reconocer y valorar lo que otros hacen, es que estás siendo demasiado perfecto.

Aguanta o sé fuerte: «Si no lo hago solo no me van a querer”. Si tienes creencias del tipo “la vida es muy dura y hay que ser fuerte para sobrevivir”, no te permites mostrarte vulnerable, expresar tus emociones, ponerte enfermo, dejar que te cuiden o pedir ayuda, es que estás siendo demasiado fuerte.

Esfuérzate: “Si no me esfuerzo lo suficiente no me van a querer”. Si sientes que lo que no cuesta trabajo no es valioso o no merece la pena, siempre estás aspirando a algo mejor, eres inconformista, te planteas objetivos muy lejanos o complejos de forma que siempre estás intentando llegar a algo. Si cuando consigues un logro empiezas otro reto antes de celebrarlo, entonces te estás esforzando demasiado.

Date prisa: “Si no voy rápido no me van a querer”. Si quieres hacerlo todo inmediatamente, cuando postergas te sientes culpable, opinas que el tiempo es oro y no te permites perderlo. Si minutizas tu tiempo llenando tu agenda en un minucioso horario inabarcable. Si sientes que no tienes tiempo para ti, es que estás corriendo demasiado.

Estos impulsores forman parte de nosotros en mayor o menor proporción y son muy limitantes. Aunque no te preocupes, no son inamovibles. Pero sigamos con la historia que nos ocupa.

Acogiendo el fracaso

En 2007 Simone sacó una B en un examen (allí la A es la mayor calificación) y experimentó, seguro que no por primera vez, una angustia terrible. Se sentía juzgada y evaluada, creía que los demás la tomarían por estúpida si no era perfecta y esto le provocaba una ansiedad insoportable. Por si tienes curiosidad, este pavor al fracaso se llama atiquifobia.

Todos, menos quizás algunos maestros budistas, tenemos una tendencia a orientarnos hacia el triunfo. Esta evitación del fracaso provoca que contemos nuestras vidas en clave de éxito. Lo que nos impulsa al logro y a triunfar es positivo, sí.

Probablemente esa parte positiva impulsara también a Simone en las horas de estudio autodidacta y duro trabajo que imagino se le tendrán que dedicar a algo tan complejo como diseñar robots.

La caída, nos tira al suelo y hace que nos enfrentemos a las cosas básicas tal y como son, sin oropel. El éxito nos consolida. Hace que nos creamos invencibles y que cada vez queramos más. Tenemos que estrellarnos. Sólo entonces podremos descender hasta un yo más auténtico. Es una clase diferente de fracaso. El Gran Fracaso, una rendición sin límites. Nada a lo que aferrarse, nada que perder. Natalie Goldberg

La cara oscura del perfeccionismo

No obstante, si el ser perfecto se convierte en una prescripción a seguir, si de verdad creemos que somos perfectos, el fracaso se convierte directamente en una agresión a nuestra identidad que debemos socavar, enterrar e ignorar hasta convertirla en algo inexistente. Nuestra parte “fracasada” se torna un intruso dentro de nuestro ser, al que hacemos todo lo posible por marginar, aunque ¡Sorpresa!, siempre reaparece y cada vez con más fuerza.

Pese a que nos esforzamos por evitarlo, las estadísticas nos demuestran que el fracaso está muy presente, de hecho, incluso más presente que el éxito. Oliver Burkenman lo ejemplificaba muy bien cuando decía que la evolución misma está impulsada por el fracaso. Tendemos a verla como una cuestión de supervivencia y adaptación pero tiene la misma lógica verla como una cuestión de no supervivencia y falta de adaptación.

Simone, consiguió liberarse de esta angustia por el éxito de la única manera posible: instalándose en el fracaso.

Instalarse en el fracaso va más allá de considerar las posibilidades reales de fracaso. Ni siquiera va de sentirse cómodo cuando algo falla. Simone, acogió a esta parte marginada de su ser e intentó deliberadamente fallar; haciendo cosas inservibles.

En esta misma línea, si nos fijamos en la vida empresarial, que sólo es un microcosmos de la vida en general, los estudios demuestran que los nuevos productos fracasan con una tasa de entre el 40% y el 90%. Otro buen ejemplo de esta exaltación de las derrotas es este particular acogimiento del fracaso en Helsinborg, Suecia (qué avanzados están los suecos en todo): Museo del fracaso

¿Qué aprender de Simone?

Volviendo a Simone, considero que, en el hormiguero, no se le dio la resonancia que merecía. Porque su historia no se trata de cómo de gracioso es ver a un robot diseñado para prepararte el desayuno, hacer algo estúpido como tirar la caja de cereales o derramar un brick de leche. O de cómo es cómico ver a un robot con dos cuchillos convertir un puerro en picadillo. Sino de cómo una persona puede superar su fobia al fracaso, paradójicamente, fracasando.

Exponerse a las situaciones que nos dan pánico no es tampoco inventar la pólvora. Los conductistas llevan años interviniendo desde esta perspectiva. Sin embargo, hay una sutil diferencia entre ser un kamikaze, lo cual solo está al alcance de algunos valientes, y desarrollar una actitud filosófica enfocada al fracaso.

Y de esta filosofía, además de viralidad, hacer reír a la gente con un proyecto lunático o sacar un negocio y un modo de vida podemos incorporar otras muchas cosas.

Solo aquellos que se atreven a fracasar a lo grande pueden conseguir grandes cosas. Robert F. Kennedy

Por ejemplo, una de las peores consecuencias del “se perfecto” es que nos impide disfrutar porque nos impide celebrar el logro. Las cosas se observan desde un prisma polarizado, que sólo nos permite saber que lo que no está perfecto no está bien. Y las cosas nunca están perfectas.

Disfrutar del camino que realizamos mientras intentamos hacer algo útil, o bonito o que trascienda, forma parte de la experiencia misma y es independiente del resultado que obtengamos.

Lo triste del fracaso muchas veces es el esfuerzo, honesto y sincero, que hay detrás. No tiremos a la basura nuestras buenas intenciones sólo porque las cosas no hayan salido como esperábamos. ¡Hagamos limonada de los sinsabores de la vida!

“No puedes convertir una oreja de cerdo en una ternera Orloff. Pero puedes preparar algo muy bueno con una oreja de cerdo”. Julia Child

Transformando emociones

Por mucho y muy fuerte que lo intentemos las emociones no se pueden destruir. Como la energía, sólo se pueden transformar. En psicoterapia humanista integrativa se oponen de esta forma:

Miedo – Amor

Rabia – Poder

Tristeza – Alegría

Cuando el miedo por no hacerlo bien se esfuma, aparece el amor por las cosas que hacemos: nos apasionamos. Cuando aceptamos el fracaso, la rabia deja paso al poder y nos sentimos más sabios, más capaces de lograr. Y cuando nos instalamos en el fracaso, si nos equivocamos, sacamos experiencias positivas y donde sólo había tristeza ahora también puede haber alegría.

“La verdadera belleza de hacer cosas inútiles significa reconocer que no siempre sabemos cuál es la respuesta correcta y eso calla la voz de nuestra cabeza que nos hace creer que sabemos exactamente como funciona el mundo. Y quizás un casco cepillador no sea la respuesta, pero al menos uno se hace una pregunta”. Simone Giertz.

 

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