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Por qué el mejor psicólogo es un psicólogo

«El mejor psicólogo es una cerveza», «donde esté un amigo que se quiten los psicólogos» «estamos yendo a un psicólogo cuando lo que necesitamos es afiliarnos a un sindicato»…

Si sois psicólogos puede que alguna vez hayáis sido agredidos por este tipo de comentarios. Y digo agredidos porque, hasta en tono jocoso, esto sería similar a decirle a un arquitecto que el mejor arquitecto es su sobrino de ocho años cuando hace una torre de espaguetis para el colegio. Si no eres psicólogo y alguna vez lo has dicho, tranquilo, entiendo que no ha sido con mala intención. No obstante, nuestra vivencia interna es una desvalorización a toda nuestra formación, trabajo y profesión.

Meditando acerca del tema, pensé que igual esta desvalorización provenía del simple desconocimiento o de la mala praxis de algunos profesionales. Descarté el asunto de la mala praxis porque malos profesionales hay en todos sitios, pero profesiones desvalorizadas no son todas.

Pensé que quizás ninguna de las personas que me dicen esto había visitado nunca a un psicólogo… ¿Sabían lo que significaba ir al psicólogo?

Entiendo que, cuando no se ha ido a terapia, en el imaginario colectivo aún permanece algo similar a un cliché que nos dice que ir a un psicólogo es ir «a charlar», «a desahogarte» o «a contarle tus penas». Desde este punto de vista entiendo que pueda parecer superfluo, completamente reemplazable y además muy caro.

Así que he decidido explicar qué diferencia ir a un psicólogo de lo que la mayoría de gente piensa que es mejor que ir a un psicólogo. Para ello hice la siguiente búsqueda en Google:

¿Por qué el mejor psicólogo no puede ser uno mismo?

Para entender por qué no podemos ser nuestros propios psicólogos, por muy chollo que esto nos pueda parecer, hay que comprender como nos construimos.

Cuando somos bebés no tenemos capacidad de meta-reflexión o de pensar acerca de nosotros mismos y de lo que somos si no es a través de la mirada y las palabras de nuestros cuidadores. Es más, hasta que no llegamos a cierta edad, no somos capaces de percibirnos como seres integrados y de desarrollar la autoconciencia; somos algo así como uno-con-la-madre. Es a partir del estadio del espejo (hablaré más sobre esto en otro momento) que desarrollamos esta imagen mental de un «YO».

Como decía Lacan, llegamos a reconocernos en el espejo gracias a las palabras del otro, en general la madre. Y es a través de todo este lenguaje, tanto el verbal como el no verbal, tanto de los cuidadores como de los otros significativos, que vamos construyendo, conformando y confirmando nuestra imagen. Nos miramos a nosotros mismos como nos han mirado otros. Los demás son nuestro espejo.

Nuestros problemas de adultos, son los fallos en las interacciones que tuvimos de niños. Es decir, «enfermamos» en estas relaciones y nos curamos en relaciones sanas.

La «autoayuda» no existe porque no existe el auto-nada; el yo no se encuentra aislado. Ni siquiera cuando compramos un libro de autoayuda lo estamos haciendo en aislamiento: como mínimo nos estamos relacionando con la figura superyoica de su autor.

Somos seres sociales hasta la médula, como demuestran los experimentos de Spitz. Y no sólo metafóricamente. Recuerdo que un autor (aunque no recuerdo concretamente cuál, os informaré si lo recupero) hacía referencia a cómo cuando falta contacto, amor, cariño y relación, fisiológicamente nuestro sistema nervioso; nuestra médula espinal, se va secando.

Peter Levine hablaba de como el trauma es lo que retenemos internamente en ausencia de un testigo empático. Es decir, no es tanto la vivencia en sí como la carencia de soporte, relación y ayuda en el momento de atravesar esa vivencia. Por eso, es imprescindible para la curación que exista ese testigo.

El psicólogo cumple esta función, no sólo por estar ahí sino por saber CÓMO estar ahí y acoger la historia del paciente.

Por otra parte, todos tendemos a estar enganchados en la racionalidad, mientras que la mayoría de nuestras memorias son somato sensoriales. Esto quiere decir que no podemos acceder a ellas ni sanarlas mediante el simple discurso, ya sea interno o externo. Cuando tratamos de auto-ayudarnos, solemos tirar de nuestros recursos cognitivos, de forma que utilizamos las mismas estrategias y llegamos a las mismas conclusiones, lugares y resultados.

Es el psicólogo el que aporta una nueva perspectiva y gracias al cuál podemos abrir nuevos caminos donde germine la inteligencia del propio cuerpo para sanarse.

Con esto, no quiero decir que uno no pueda contribuir en nada con su bienestar. Vosotros, de hecho, sois los agentes del cambio. El psicólogo es el facilitador, a través del cual el cambio se puede dar no sólo a nivel cognitivo (el más superficial de nuestros sistemas) sino emocional, fisiológico, conductual, sistémico y funcional.

¿Por qué el mejor psicólogo no puede ser Dios?

Hablaré de Dios como concepto, puesto que no se trata de posicionarme a favor o en contra de ninguna religión ni ninguna creencia. He estado leyendo algunos de estos testimonios y me resulta curioso como lo que se demanda a Dios es similar a lo que se le demanda a los psicólogos. Se les pide guía, respuestas, que nos eviten el sufrimiento, que nos quiten la culpa, que nos ayuden a perdonarnos…

Las necesidades espirituales de las personas, cumplen una función como estrategia de afrontamiento. Dios es un recurso que puede aportar presencia y vínculo cuando no se tienen relaciones más sanas o confiables. El porqué Dios no se puede equiparar a un psicólogo, es porque la relación es unidireccional. Dios puede escuchar, pero no está en contacto humano con la persona. Y, como ya he dicho, precisamos de este contacto.

Por añadido, las religiones suelen implicar reglas que impiden que la experiencia se manifieste tal y como es. Dios, entre otras cosas, suele ser una serie preceptos. Esto puede servir de guía para el mundo e incluso para nosotros mismos y puede hacernos sentir protegidos, pero no para crecer ni descubrirnos o ser libres través del diálogo con él.

¿Por qué el mejor psicólogo no puede ser un amigo?

Los amigos son muy valiosos. Cuando nuestro círculo nos brinda comprensión, cariño y empatía nos prestan soporte y apoyo. Y sí, es innegable que nos ayudan. De hecho, uno de los indicadores que mejor predice el bienestar y la salud es contar con un entorno social sólido y seguro.

Pero de esto no debemos concluir que la charla con un amigo sea igual que ir al psicólogo. La terapia no es conversación. Ni siquiera lo que se conoce como charla terapéutica es conversación al uso. ¿Cuál es la diferencia?

En primer lugar, la terapia es una relación vertical. Este tipo de relaciones tienen una serie de características, entre las cuales se encuentra una intencionalidad dirigida siempre hacia abajo. Esto quiere decir que el psicólogo siempre intervendrá en beneficio del paciente y no al revés.

El arquetipo de esta relación son los padres, aunque también pueden ocupar este lugar otras figuras como maestros o médicos. Esta diferencia es fundamental porque las relaciones verticales son relaciones de incorporación, mientras que no ocurre así con las horizontales (amigos, hermanos, pareja…).

Por otro lado, en la terapia el psicólogo tiene una actitud de no juicio y de completa apertura a la experiencia del otro. No se basa en premisas o conjeturas ni hace inferencias sobre la conducta, los pensamientos o los sentimientos del otro, sobre todo: NO ACONSEJA (por lo menos, un buen psicólogo).

Los consejos son parte de la experiencia que el otro proyecta en nosotros, por ejemplo «poniéndose en nuestra situación». Entretanto, el psicólogo está formado para indagar y facilitar que el cliente encuentre su propia respuesta. No impone sobre él reglas ni expectativas, no favorece la adaptación, y mientras que los consejos nos hacen dependientes, el psicólogo respalda el crecimiento, la responsabilidad sobre uno mismo y la autosuficiencia.

¿Por qué el mejor psicólogo no puede ser la música?

En el lugar de esta estrategia podemos poner cualquier otra sin que el resultado cambie (la bebida, el deporte, la pareja…).

Las estrategias de afrontamiento son lo que se ha venido llamando mecanismos de defensa. Prefiero, no obstante, no usar esta última definición porque suele ser peyorativa y tendemos a pensar que defensa es sinónimo de enemigo. Por el contrario, el afrontamiento son los recursos que desplegamos para enfrentar una situación desagradable. Y tienen un valor positivo.

La música, como cualquier otra estrategia, tiene un significado particular y único para cada individuo, en el modo de enfrentarse a sus emociones. Puede ser un canalizador, una forma de expresión, un facilitador emocional, una estrategia para relajarnos, etc. Sus beneficios son muchos, sin embargo,las estrategias de afrontamiento no son psicólogos.

Metafóricamente, si la música, como cualquier otra estrategia, fuera esa tirita que ponemos para soportar la herida, el psicólogo sería el que se ocupa de esa herida. Los objetivos son completamente diferentes, uno es un amortiguador del dolor, mientras que otro ayuda a curar ese dolor.

¿Debe inferirse de esto que el mejor psicólogo es cualquier psicólogo? Como es obvio, no. El ratio de buenos/malos psicólogos es probable que sea parecido al ratio de buenos/malos profesionales en cualquier otro ámbito.

La buena terapia existe como la mala terapia, del mismo modo que existen buenos y malos profesores y buenos y malos médicos. La respuesta suele estar en nuestra experiencia y, sobre todo, en nuestra intuición.

Probad la terapia, sí, pero fiaros de las sensaciones que os transmita vuestro psicólogo. No permanezcáis allí donde sentís que no estáis cómodos, que no se os respeta o que no recibís ayuda, aunque no por eso condenéis a toda terapia. Cambiad y encontrad al psicólogo que sintonice con vosotros. Porque es toda una experiencia.

 

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