La personalidad no existe, son los padres

Igual esto te molesta o piensas que es una tontería.

O igual estás encantado porque muchos «rasgos» de tu personalidad de traen de cabeza.

Antes, deja que te cuente mi visión. 

Verás, la personalidad no viene «de fábrica», esto te lo dirá cualquiera. Vale sí, hay factores biológicos que predisponen a la aparición de ciertos rasgos (lo que se conoce como temperamento), pero la personalidad, en realidad, no es más que el conjunto de aprendizajes que te han resultado más útiles para sobrevivir, a lo largo de tu historia.

Simplemente eso.

No son fuerzas ocultas que dominen tu comportamiento.

No es un defecto neurológico irreversible.

Es aprendizaje.

Algunos de esos aprendizajes se convierten en hábitos demasiado rígidos, sobre todo si los aprendimos en momentos dónde «peligraba» nuestra vida.

Si ahora estás rebuscando en tu cabeza algún trauma catastrófico responsable de todos tus quebraderos de cabeza piensa que, el «peligro» no es igual para un adulto que para un niño de 3 años o un bebé de seis meses.

Bien.

Ese repertorio de aprendizajes va conformando nuestra personalidad, es decir, se convierte en un conjunto de «rasgos» estables y predecibles.

¿Por qué?

Pues porque el cerebro es cómodo y no le gustan mucho los cambios, prefiere saber lo que va a pasar, porque estar analizando continuamente la realidad consume muchos recursos.

La etapa más crítica en la que estos aprendizajes se consolidan es entre los dos y los siete años.

Y mira, nos podía ir genial con esta personalidad cuando éramos pequeños y vivíamos en aquel contexto: con nuestros padres o nuestra familia, nuestra casa y nuestro cole, el problema es que de adultos lo seguimos usando.

¡Imagínate seguir actuando, pensando y sintiendo como aquel niño de siete/cinco/tres años que fuiste!

Pues, muchas veces (no todas) esto es lo que ocurre y lo que nos mete en líos. 

Lo peor es que:

Y no está mal, en principio.

La desventaja de pensar en «nuestra personalidad» es que nos damos por sentados. Nos aferramos a esas etiquetas que nos cuentan quiénes somos. Y eso hace del mundo un lugar más predecible y calma un poco la angustia, pero también nos impide crecer, cambiar y evolucionar.   

Así que, si me preguntas a mí, pues pienso que somos más camaleones de lo que pensamos.  

Con esto, desde luego, no quiero decir que la personalidad se pueda cambiar a golpe de autoafirmaciones positivas del tipo: «yo puedo», «soy el mejor», «soy una persona de éxito». Ni tampoco intentando muy fuerte sentirte diferente a como te sientes hoy.

Si fuera tan fácil, los psicólogos no serviríamos para nada.

Bueno, no sé si serviremos o no, pero, si crees que esto tiene sentido, quizás, a librarte de la condena de las etiquetas (impuestas por otros o por ti) pueda ayudarte si te suscribes.

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Por cierto, en uno de mis emails de la serie de bienvenida, te cuento qué pensaba Ron Kurtz (un psicólogo mucho más listo que yo) acerca de todo esto. Lo mismo te interesa.

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